Pilar Garzón. Carta abierta de la presidenta del Colegio de Médicos de Ourense: «No paramos por gusto, paramos por dignidad»

Posicionamentos Xeral 19/02/2026

Carta abierta de la presidenta del Colegio de Médicos de Ourense: «No paramos por gusto, paramos por dignidad»

En estos días miles de ciudadanos en toda España van a sufrir retrasos en consultas y pruebas diagnósticas por las que llevaban meses esperando, con la incertidumbre que esto conlleva. La causa: la huelga de médicos y facultativos solicitando mejoras en su actividad profesional. 

Los médicos de este país han dicho basta y han decidido parar. Lo hacen para poder avanzar. Si aquellos que forman una parte esencial del sistema sanitario llegan a este punto de inflexión es porque se está lanzando un grito de alarma sobre el estado real de nuestra sanidad pública.

Cuando el conflicto laboral se plantea como último recurso, suele ser porque los canales ordinarios de negociación han fracasado y porque las demandas no se han escuchado. 

Simplificar todo este movimiento en un interés por favorecer la compatibilidad con la sanidad privada es ridículo; ¿ alguien de verdad se cree que todo un colectivo puede ir a la huelga por unos pocos?

Puede ser tentador también presentarlo solo como una cuestión salarial , aunque cualquier trabajador reivindicaría el límite de jornada laboral a lo establecido por ley y que sus horas extraordinarias se pagasen como tal y no a menor precio que la hora ordinaria, eso sí, Hacienda sí que las reconoce a la hora de la fiscalidad; el oxímoron de las guardias médicas.

Y luego está la acusación de que se trata de un conflicto de clase porque reclamamos que se tenga en cuenta nuestra formación y nuestra responsabilidad. Pero es que, salvo error matemático, 6 años de carrera, un año de preparación MIR y al menos 4 años de formación especializada son 11 años y 360 créditos ECTS, algo bastante alejado de los 4 años de formación y 240 créditos ECTS del colectivo de enfermería. No es cuestión de clases, es matemática pura.

Pero basta asomarse a la práctica diaria de cualquier centro de salud o servicio hospitalario para entender que el problema es más profundo. Consultas de cinco o seis minutos. Agendas con cincuenta o más pacientes en una mañana. Guardias de 24 horas que, sumadas a la jornada ordinaria, convierten el trabajo médico en una prueba de resistencia física y mental.

Jornadas laborales semanales que exceden con creces las 40 horas y que se pueden aumentar de forma ilimitada «por necesidades del servicio». Temporalidad prolongada durante años y una desastrosa planificación por todas las administraciones a medio y largo plazo. Dificultad para conciliar y escasas medidas de protección a la maternidad y la lactancia en una profesión eminentemente femenina. Burocracia creciente que resta tiempo clínico y que no aporta beneficio al paciente. Y podemos seguir con la lista, por lo que el debate se debería centrar más en: ¿Puede un sistema ofrecer atención segura si sus profesionales trabajan sistemáticamente al límite?

Mejorar la calidad laboral médica no es un privilegio corporativo. Es una estrategia de salud pública. Un profesional descansado, con agendas razonables y estabilidad laboral, toma mejores decisiones, comunica mejor y comete menos errores.

En Atención Primaria, muchos cupos superan ampliamente los 1.500 pacientes por médico con consultas de 5 minutos, cuando las sociedades científicas consideran que menos de 10 minutos por consulta compromete la calidad asistencial. Sin embargo, esa sobrecarga asistencial y la burocracia extrema son la realidad cotidiana. En los hospitales, las listas de espera crecen a un ritmo exponencial y los ingresos y la demanda urgente colapsan los servicios.

El envejecimiento de la población, la cronicidad y la creciente complejidad diagnóstica son nuestros compañeros de trabajo y para gestionarlos se necesitan planificación e inversión. Se nos exige más con menos margen, tanto de recursos humanos como económicos, en un sistema cuya demanda no deja de crecer.

Por eso una de las reivindicaciones es que no se trata solo de una cuestión laboral sino, sobre todo, una cuestión de seguridad del paciente.

La evidencia científica es clara: el agotamiento profesional, o burnout, se asocia a mayor riesgo de errores médicos, peor comunicación y más eventos adversos. En sectores como la aviación o el transporte, los límites de jornada están estrictamente regulados por motivos de seguridad. En sanidad, en cambio, normalizamos que un médico encadene más de 24 horas de responsabilidad clínica sobre decisiones que pueden ser vitales.

Un profesional exhausto no es un profesional negligente. Es un profesional humano sometido a un sistema que opera permanentemente al límite. Y los sistemas que funcionan al límite, antes o después, fallan.

La huelga, por definición, es una medida incómoda. En sanidad lo es aún más. Pero cuando se convierte en el último recurso tras años de advertencias, conviene preguntarse no por qué se protesta ahora, sino por qué no se actuó antes.

La sanidad pública española sigue siendo uno de los grandes logros colectivos del país. Pero su fortaleza no puede sostenerse indefinidamente sobre la vocación y el sobreesfuerzo. Y no, no consentimos que nos echen en cara la escasa vocación por ejercer un derecho laboral, más aún cuando muchos de los que nos critican ahora hace escasos años nos encumbraron al pedestal de los héroes.

Esta huelga por tanto, interpela a toda la sociedad. Porque defender condiciones laborales dignas para quienes sostienen el sistema sanitario no es solo proteger a los médicos: es proteger a los pacientes y garantizar la viabilidad de una sanidad pública que, pese a sus grietas, sigue siendo uno de los pilares fundamentales del estado del bienestar. Porque la calidad asistencial no depende solo de tecnología o infraestructuras; depende, sobre todo, de las personas que toman decisiones a pie de cama.

Si queremos una sanidad pública fuerte, universal y segura, debemos entender que cuidar a quienes cuidan no es un eslogan. Es una necesidad estructural. Cuando los médicos paran, la sanidad habla. Y lo que está diciendo merece algo más que una simplificación apresurada: merece una escucha y una respuesta responsable y valiente.

Hay huelgas que incomodan, y hay huelgas que además de incomodar obligan a escuchar, todo depende de la intención de los dirigentes tanto nacionales como autonómicos. La reciente huelga ferroviaria reclamando mejoras en la seguridad para trabajadores y usuarios se resolvió en menos de 24 horas porque sí fue escuchada.

Los médicos seguiremos de huelga hasta que nos escuchen porque, como dice uno de los carteles que enarbolamos, «no paramos por gusto, paramos por dignidad».

Faro de Vigo


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